Hace casi dos años que me convertí en mamá.
No sé si te ocurrió, pero mientras estaba embarazada, veía distintos blogs, influencers en instagram, madres en tiktok, youtubers y un montón de personas las cuales ya eran mamás. Veía como desde las distintas plataformas, muchas maternidades perfectas se elevaban como digno ejemplo de ser seguidas, copiadas y admiradas. En algún momento me visualicé como algunas de ellas, una mamá que lograba mantener el control total del orden y aseo de su casa desde el día 1, o una mamá que lograba tener una lactancia maravillosa, sin dolor y con una conexión increíble con mi bebé desde nuestro primer encuentro. Incluso, me creí con una capacidad de autocontrol impresionante, capaz de contener y acompañar a mi hijo en cada pataleta o descompensación emocional que tuviera.
Hasta que fui mamá…
Fui mamá en pandemia, fue la primera expectativa caída. No estuve en compañía de mi esposo en las primeras horas post nacimiento de mi hijo. A pesar de que logré una lactancia exitosa, el inicio fue infructuoso, con dolor, grietas y la sensación que no tenía leche (aunque claramente si la tenía, pues mi hijo crecía bien). Desde el principio, mi hijo mayor evidenció que sería de un carácter difícil, muy exigente en presencia y contención. Mientras veía o escuchaba en donde estaba internada que otras madres eran capaces de dejar a sus hijos en la cuna mientras podían ir al baño por un mínimo momento, mi bebé, al sentir el roce de la sabanilla de la camilla comenzaba un impetuoso escándalo, que en más de un ocasión, atrajo las exhaustivas miradas de enfermeras y matronas que no entendían que pasaba con el pequeño que lloraba tanto. «A este chiquillo le gusta estar en brazos» acusó una. Y así fue, al llegar a casa en los siguientes días, no existía posibilidad de descanso, mientras mi organismo y mis emociones pasaban por un vaivén de emociones incontrolables, cual carrusel descontrolado, no sabía muchas veces donde iba a terminar, entre sensaciones de angustia y alegría, congoja y disgusto, y un celo innato que me hacía observar cada movimiento de cada persona que visitaba a mi pequeño y hacía algo que me parecía inadecuado.
En medio de ello, recuerdo, la sensación vívida de sentirme tremendamente incompetente… el cansancio por las noches sin dormir, era demasiado, mis emociones, una ruleta rusa que no lograba manejar ni predecir, la lactancia interrumpía mi vida a cada momento, los cambios de pañal comenzaron a ser la nueva rutina del día, y el diario vivir comenzó a calar hondo en mi mente. En medio de ese proceso, un recordatorio:
2 Corintios 1:21 NTV: Es Dios quien nos capacita, junto con ustedes, para estar firmes por Cristo.
Sentí alivio, al saber que Dios era quién realmente me capacitaría para ser la mamá que mi hijo necesitaba. Aún cuando me sentía tan carente de tanto, Él agregaría lo que hiciera falta para ser una mejor mamá, una mejor esposa y una mejor sierva. Hoy, después de casi dos años de maternidad, reconozco que me sigo sintiendo insuficiente, pero eso me hace depender más de Dios, y recordar que mientras yo me siento débil, Él se hace fuerte, y que vale la pena poder vivir mi vida maternando con Jesús.
Y tú, ¿cómo has vivido tus primeras experiencias «maternando con Jesús»?

Deja un comentario